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Mi destino esta en tus manos – Laimie Scott

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  • Titulo: Mi destino esta en tus manos – Laimie Scott
  • Genero: ,
  • Formato: PDF , Epub
  • Idioma: Español
  • Páginas: 235
  • Publicado: 2017
  • Autor:
  • Visitas: 3567
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Resumen del libro Mi destino esta en tus manos – Laimie Scott

La fiesta dada por las autoridades flamencas al gobernador español y sus
hombres servía para tender puentes entre los dos países. Desde que los
españoles habían ocupado aquellas regiones, las hostilidades y las
desavenencias eran algo tan cotidiano como el cielo plomizo y las lluvias
torrenciales. Con aquella recepción se esperaba que las revueltas flamencas
llegaran a su fin y que ambas comunidades pudieran vivir en paz. Pese a los
deseos del rey de España, la sombra de Inglaterra planeaba sobre aquella
parte del viejo continente. Isabel, con su apoyo a los flamencos con la excusa
de la religión, buscaba debilitar a las tropas de Felipe de España y que de este
modo Inglaterra se alzara con la hegemonía de Europa.
Ajenos a estos entresijos políticos, los soldados españoles de los Tercios se
divertían e iban de un lado para otro. Los principales capitanes habían sido
requeridos en dicha recepción y charlaban de manera amistosa con sus
homónimos flamencos. El capitán Rodrigo de Mendoza bebía de su copa y
con la mirada parecía estar buscando a alguien. Aunque, a decir verdad, no
conocía a mucha gente allí, salvo por los altos mandos del ejército y sus
compañeros de armas. No hacía mucho que había llegado a Flandes sirviendo
a su rey y desde el primer día había encontrado aquella tierra como un pozo
de inmundicia y suciedad que en nada tenía que ver con su humilde hacienda
en el sur de España.
—Rodrigo, ¿qué te inquieta esta noche? Te noto ausente —le confesó el
hombre a su derecha, observándolo con atención.
—No es nada, francés. Es… que no estoy hecho para estos ambientes, ya
me entiendes —le dijo Rodrigo agitando su mano delante del hombre, a quien
se había dirigido por su nacionalidad y no por su nombre.

—Pues yo más bien diría que tienes la atención fija en algo, o en alguien.
—El francés se corrigió sonriendo de manera burlesca al dirigir su propia
mirada hacia el lugar donde la había fijado su compañero. Al descubrir el
objeto de la atención de su capitán, sonrió con toda intención y le palmeó el
hombro a su amigo—. Déjame decirte que tu elección es acertada. Es una
dama muy bella —apreció Rodrigo asintiendo con un gruñido—. Pero
también debo advertirte que no tienes nada que hacer. —Aquel comentario
captó la atención de Rodrigo, quien miró al francés con el ceño fruncido, sin
comprenderlo—. Es una dama flamenca y tú, un capitán de los Tercios. Su
enemigo. El invasor. Olvídalo y búscate una mujer a tu alcance para esta
noche. Una tabernera, una ramera o una de las muchas cantineras que han
venido con la tropa hasta aquí.
Rodrigo entrecerró sus ojos sin apartarlos de aquella hermosa criatura que
charlaba de manera cordial con varios dignatarios.
—Tienes razón —comenzó Rodrigo mientras su compañero francés asentía
—. Es bonita. Es una dama flamenca y yo, un soldado español. Pero te
equivocas. —Aquel cambio de parecer de su capitán hizo que el francés se
sobresaltara y que lo mirara confundido—. Sí está a mi alcance —le aseguró
apurando el trago de su copa para dejarla sobre una mesa, antes de dirigirse
hacia la dama, con paso firme, ante la atenta mirada del francés, que sacudía
la cabeza sin comprender a su capitán.
La mujer se excusó de sus contertulios para tomar algo de aire lejos de
estos. Charlar sobre la situación política de España, Flandes o Inglaterra le
daba dolor de cabeza. Además, ya sabía lo que necesitaba. No hacía falta
demorarse por más tiempo. De manera que se alejaría de aquellos hombres
para buscar un ambiente más sosegado. Pero antes debería terminar de
cumplir lo acordado. Su contacto no debería demorarse en gran medida, si
quería tener todo listo para llevar a cabo su plan.
Pero justo cuando iba camino de encontrarse con su misterioso confidente,
la presencia cercana de un hombre le impidió avanzar. Se volvió hacia él para
enfrentarse a aquel par de ojos grises que la miraba con inusitada curiosidad y
que le provocó una ligera marejada en su interior.
—¿Nos conocemos? —le preguntó sin más preámbulos mientras ella lo
miraba intrigada por saber quién era aquel extraño. ¿El hombre enviado por
los ingleses?
—Con ese firme propósito me he dirigido hacia vos. Y ahora mi interés ha

aumentado al escucharos hablar en castellano —le confesó Rodrigo con una
leve reverencia ante ella y presto a tomar su mano para besarla; pero en
último instante ella la apartó para desilusión de Rodrigo.
—No tengo por costumbre hablar con extraños. Y menos si son españoles
—le rebatió con dureza, tomó el vestido entre sus dedos y lo alzó lo necesario
para caminar más rápido y huir de él. Pero en ese instante, él estaba justo
delante tapando su camino mientras la contemplaba con gesto divertido.
—En ese caso permitid que me presente. Capitán Rodrigo de Mendoza —se
presentó volviendo a hacer una exquisita reverencia ante la dama—. ¿Y vos?
—¿Por qué debería decíroslo? —La mirada y el tono de ella eran fríos
como las mañanas en aquel lugar. Pero sus ojos eran cálidos como el sol de
España que él echaba en falta. Rodrigo observó como el cuerpo de ella se
tensaba por su presencia; algo que no discutía, ya que pertenecían a bandos
enfrentados.
—Porque sería de mala educación marcharos sin decirme vuestro nombre.
—Rodrigo trató de mostrarse cordial con ella. No quería que lo viera como a
un soldado enemigo, sino como a un posible aliado.
Ella sonrió con un deje burlón mientras sus mejillas se encendían y no
sabría decir si era por la gracia que él le causaba o por la impresión que se
había llevado al verlo. Sus cabellos revueltos y algo largos, del color de la
pólvora, su rostro de trazos firmes, sus labios finos… Y esa mirada gris entre
la curiosidad y la expectación por saber de ella.
—Si con ello vais a dejarme ir… Elaine van Dijken. Y ahora que ya nos
conocemos…
—Ah, pero seguís siendo descortés, mi señora —insistió Rodrigo sin
apartarse ni un ápice del camino de Elaine. Este hecho la enfureció.
—Dejadme pasar…
—No os pongáis así. Esta recepción es para limar asperezas entre las dos
comunidades. Y vos no parecéis muy predispuesta a ello.
—Siempre y cuando me dejéis pasar. Tengo prisa. —Elaine hizo ademán de
seguir su camino, pero de nuevo él se interpuso. Rodrigo estaba decidido a
seducirla esa noche y más ahora que ella se mostraba dispuesta a presentar
batalla.
—¿Os espera vuestro esposo? ¿Vuestro amante, tal vez?
Elaine lo miró con gesto altivo, lo cual encendió a Rodrigo, que sonrió
burlón.

—¿Qué puede importaros a vos lo que yo tenga que hacer? Dejadme pasar
o llamaré a los soldados. Es mi última advertencia. —Elaine sentía que la
sangre comenzaba a bullir en su interior ante el descaro de aquel engreído
español. Hizo un nuevo intento por avanzar, pero en el último momento su
ímpetu la traicionó e hizo que se tropezara para caer entre los brazos de él.
Rodrigo la escuchó quejarse por el tropiezo y, al alzar ella su mirada hacia
él, se encontró con unos ojos cristalinos como el agua, que lo miraban con
una mezcla de curiosidad y de temor. Tenía los labios entreabiertos y parecía
respirar con dificultad. Rodrigo la sentía agitarse entre sus brazos mientras él
la sostenía para que no terminara en el suelo. No quería soltarla bajo ningún
pretexto ni excusa, mientras el perfume que ella llevaba lo invadía sin que él
pudiera resistirse.



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