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Como Descargar, Luna quebrada – Gloria Casanas en PDF y Epub Gratis

Luna quebrada – Gloria Casanas


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Información
  • Titulo: Luna quebrada – Gloria Casanas
  • Genero: ,
  • Formato: PDF , Epub
  • Idioma: Español
  • Páginas: 210
  • Publicado: 2017
  • Autor:
  • Visitas: 689
  • Descargas Gratis: 84
Resumen del libro Luna quebrada – Gloria Casanas

El socavón parece tragarlos a todos en su penumbrosa humedad. Las
paredes de la galería, resplandecientes de cuarzo, contemplan a los
mineros con oscuros ojos que revelan el tesoro incrustado en la roca:
tungsteno. Aquellas piedras negras y lustrosas que Luis y sus compañeros
apilan sobre los rieles sin descanso, viajan en montacargas hacia la luz del
sol. ¡Dichosas piedras, que pueden sentir la brisa embalsamada que esconden
las sierras en sus valles y quebradas!
A Luis le cuesta respirar, el aire frío se le pega al cuerpo a través de las
ropas. Le toca bajar después de que la dinamita vacíe las entrañas del cerro y
exponga sus valiosas vísceras. Pasada una espera prudente, y si no se ha
desmoronado el techo de roca, Luis y los otros descienden hasta el vientre de
la montaña, donde la luz de sus linternas les permite distinguir el material que
deben escoger. Casi no hablan entre ellos, tienen estudiados los movimientos
para conservar el aliento. Y cuando alguno da señales de mareo, los otros lo
suben al montacargas para que se beneficie del aire de arriba, donde los jotes
vuelan en círculos, compadeciendo a los hombres que viven a ciegas más
abajo.
Luis enjuga el sudor frío de su frente con el dorso de la mano y tose. Ha
tosido mucho en los últimos días. Sus compañeros del pabellón de los
“hombres solos” le han dicho que se calle, se tape con la manta o salga, pues

no les deja dormir en paz. Y el sueño es la única liberación de los mineros.
También se burlan un poco de que un muchacho guapo y viril como él, capaz
de cargar un tronco de molle bajo un brazo, demuestre debilidad. Luis calla.
Los pulmones han sido el estigma de la familia Morán desde siempre. Su
madre era tísica ya desde joven, y su padre, que trabajaba en la mina del otro
lado de la sierra, había muerto de un edema pulmonar. Luis se sorprende, sin
embargo, de haber sucumbido tan pronto al mal. Ni siquiera el intenso frío de
las alturas le había afectado cuando pasaba noches enteras al raso, al pie de su
tostado, mirando las estrellas. Aquella sí era vida, guiando a los geólogos que
inspeccionaban la zona en busca de minerales para analizar. Luis es experto
en la montaña, conoce los senderos que se entreveran con las cortaderas,
presiente los malos pasos y es capaz de alertar a los demás para enderezar el
rumbo cuando la cañada termina en punto muerto. Nadie entiende cómo Luis
puede oler el peligro, confundirse con el monte o comprender las señales que
otros pasan por alto. Lo consideran un rastreador, un baqueano, un guía.
Nadie sospecha que, además, Luis es poeta.
Ni siquiera sus padres supieron de sus escritos a la luz del farol en la
galería o memorizados en voz alta a lomos del caballo, para no perder la rima
hasta llegar a casa. Había guardado ese secreto por pudor. ¿Qué haría un
hombre desgranando versos? ¡Hasta su madre se hubiese escandalizado! La
pobre, que no hizo sino lavar ropa ajena para sustentarlo, mientras el padre
iba y venía entre Córdoba y San Luis, trabajando en lo que pudiera. Hasta
que él creció y pudo secundarlo, fue su madre la que salvó el puchero.
Los Morán nunca supieron que tenían un hijo poeta.
Mejor así, habría sido una burla del destino pretender algo más que partirse
el lomo en los labrantíos. Luis apenas había terminado la escuela.
La tos le sube en un remolino por el pecho y lo sacude en un espasmo
incontenible. Las fauces del socavón se la tragan también.

Un hombre arrugado como pasa de higo lo mira con preocupación.
—Hijo, hay que ver esa tos —le dice en voz baja.
Luis se inclina para recoger la linterna que perdió durante el acceso, y
descubre una mancha roja que había salpicado el vidrio. En la oscuridad
nadie la ve, pero para él es la condena de muerte. Ha heredado el mal de la
familia y el trabajo en la mina sólo lo aceleró. Qué pena no haber escrito más
versos… Algo de él hubiese perdurado entre los cerros, en el aire fragante de
los yuyos que el viento mece en los faldeos. Qué triste morir sin haber
conocido el amor de una mujer, la espera anhelante para tomarla en sus
brazos y recostarla sobre el tapiz de hierba, hacerla suya mientras la cascada
se arroja de bruces en el río que atraviesa el cañadón, muy abajo.
—¡Eh! —escucha decir Luis, envuelto ya en una marea algodonosa.
Y la cueva de negro mineral se traga su mundo en un instante.

Lo llevaron en angarillas a través del puente que se balanceaba sobre el
arroyo sembrado de piedras. En la enfermería lo auscultaron, le hicieron oler
alcohol mezclado con hierbas y llamaron al médico, que a la sazón se hallaba
almorzando en el sector reservado al personal jerárquico. El doctor meneó la
cabeza, apesadumbrado.
—Este hombre no puede seguir acá —dijo, confirmando lo inevitable—.
Está tuberculoso.
—¡Pero si es fornido como un toro! —se asombró el encargado de la
botica del pueblo minero.
—Eso no significa que esté sano. Desde esta distancia puedo escuchar el
silbido de sus pulmones. ¿Cuánto hace que se instaló en la mina?
El boticario se alzó de hombros. Jamás lo había visto antes, y a su juicio

ese muchacho tenía salud para repartir, pero si el doctor decía que estaba
enfermo, él lo sabría mejor que nadie. Cosas más raras se habían visto.
—Un grupo nuevo vino a quedarse hace cosa de un año, cuando el alemán
instaló el molino y la piedra de moler.
El doctor asintió, pensativo. En la mina del cerro Fantasma se encontraba
toda clase de gente, desde profesionales y aventureros que buscaban el éxito
repentino, hasta lugareños que veían en el socavón la oportunidad de llevar
algo de dinero a sus ranchos, sin saber que la mayor parte se les evaporaría en
comer y beber en los puestos que la propia compañía levantaba en la zona. A
esa altitud y en un sitio tan alejado de cualquier población, no quedaba otra
que gastar en el comercio instalado a esos fines, y al cabo los jornales se
agotaban y los resignados mineros regresaban a sus hogares con la bolsa
vacía. Destino fatal de la pobreza.


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