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Historias extrañas de Japon – Ana Traves


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Información
  • Titulo: Historias extrañas de Japon – Ana Traves
  • Genero: ,
  • Formato: PDF , Epub
  • Idioma: Español
  • Páginas: 102
  • Publicado: 2017
  • Autor:
  • Visitas: 7706
  • Descargas Gratis: 604
Resumen del libro Historias extrañas de Japon – Ana Traves

Siempre me he sentido atraída por Japón. Además de verlo como un país con
una cultura y una historia milenaria, en el que lo actual y lo tradicional
contrastan de una manera brutal y fascinante, considero que los occidentales
deberíamos adoptar más de una de las costumbres de sus habitantes. Los
nipones son famosos por ser increíblemente amables, educados, silenciosos,
ordenados y, sobre todo, respetuosos con los demás. Pero aparte de estos
hábitos, también tienen otros realmente extraños, a los que más de uno se
atrevería a calificar de excentricidades, esas son las costumbres niponas que
más me gustan… Sobre todo las relacionadas con los fantasmas.
En Japón, todo aquello que esté relacionado con estos seres sobrenaturales es
de lo más normal del mundo, tanto que para ellos una conversación sobre
fantasmas es tan común como lo sería aquí una sobre recetas de cocina. Para
los japoneses hay dos clases de seres sobrenaturales:
Por una parte están los yurei, cuyo nombre significa, literalmente, alma
fallecida, y son los equivalentes orientales a los fantasmas que conocemos
aquí. Son almas atormentadas de aquellos que no han podido cruzar con éxito
al otro lado, ya sea porque aún les queden asuntos pendientes, no hayan tenido
un funeral adecuado, hayan cometido suicidio o hayan muerto en extrañas
circunstancias. Suelen presentarse entre las dos y las cuatro de la madrugada
para asustar o atormentar a aquellos que los ofendieron en vida, o a vengarse
de aquellos que no les proporcionaron los ritos funerarios que se merecían.
Normalmente tienen el aspecto de una mujer de largo y negro cabello, muy,
muy pálida, y vestida con una mortaja.

Después están los Yokai, su nombre significa criaturas extrañas, y todos juntos
forma una gran galería de monstruos muy diferentes entre sí. Algunos
totalmente inofensivos, que disfrutan simplemente asustando y espantando a
los humanos, otros, en cambio, son realmente peligrosos… Muchos de ellos
son humanos que en vida no se portaron del todo bien, ya sea porque fueron
viles, egoístas, asesinos o ladrones, y a la hora de su muerte fueron
maldecidos con una forma monstruosa, y condenados a sufrir la falta de todo
aquello que arrebataron a otros para el resto de la eternidad. Es a estos
últimos, a los yokai, a los que dedico las veinte historias de este libro.
A diferencia del resto de mis escritos, hubo un desencadenante para que estos
microrrelatos salieran de mi cabeza, la carta de mi amiga Daniela. Ella tuvo la
suerte de viajar a Japón con su novio el año pasado, y allí se convirtió en una
de las personas más afortunadas que conozco, aunque a día de hoy, sigue sin
saber con certeza que fue lo que vio realmente. Al ser conocedora de lo
amante que soy de estos temas, me escribió una carta relatándome todo lo que
sucedió:
Daniela Gil Romero
Prefectura de Gumma,
Japón.
5 de Octubre de 2014.
¡¡¡Hola guapísima!!! ¿Cómo estás?
Como ya te conté en mis anteriores cartas, aún sigo alucinando con este país,
cada día que pasa me sorprendo con una cosa nueva. ¿Te acuerdas cuando me
dijiste que aquí tenían electrodomésticos más avanzados que nosotros? Pues
ayer aluciné cuando entre en el baño del restaurante en el que cenábamos, ¡el
WC era tan súper, híper, mega moderno que me llevé un rato para saber cómo
funcionaba! Sí, sí… Como te lo estoy diciendo, tenía botones hasta para
calentar la taza antes de sentarte, alucinante…
Pero esta última semana fuimos menos de urbanitas y más de senderistas. Nos
tiramos más de 7 días de caminata por el bosque, Fran quería llegar hasta el
Sennokura-Yama, una montaña de más de 600 metros, y si podía ser, ascender
un poco por él para poder ver los pinos y cedros japoneses que crecen en sus
laderas. También me había hablado de un interesante templo budista que
estaba a sus pies de una montaña, aquello último ya me interesaba algo más a
mí, a veces tener un novio botánico es un rollo, ¿sabes, amiga?

Una noche salí de la tienda de campaña para ir al baño, Fran estaba
roncando… ¿Cómo puede dormir tan a gusto en un saco de dormir? No me
explico… Total, que aproveché y me di un paseo alrededor del campamento,
el olor de las flores se hace más intenso por la noche y eso me encanta. Pero
cuando levanté la mirada hacia las copas de los árboles vi una extraña figura
en una de ellas. Era muy pequeña, y en un principio pensé que era un pájaro,
pero no podía ser… No hay pájaros así de extraños. La figura iba ataviada con
algo que me parecieron plumas, su nariz era larga y aguileña, ¿o quizá era un
pico? En las manos llevaba una pequeña espadita, la cual agarraba con unas
manos que parecían garras de pájaro, aquella cosa era realmente extraña…
Cuando me acerqué para poder verlo mejor, se giró hacia mí, sus ojos
resplandecieron en la oscuridad con un brillo feroz, y salió huyendo hasta
perderse en la espesura.
Volví a la tienda y me dormí pensando que solamente había visto un pájaro
extraño y autóctono, ya por la mañana no le daba apenas importancia.
Al día siguiente llegamos al templo, y fuimos recibidos muy amablemente por
aquellos hombres, por supuesto, nos pedían a cambio alguna limosna, a lo que
nosotros les respondimos con alguna que otra bolsa de patatas fritas y fiambre
que llevábamos para el camino. Durante nuestra estancia allí, que no ascendió
a más de dos horas, uno de los monjes nos habló de un antiguo templo
parecido a aquel, y que hacía ya más de 200 años que se incendió en extrañas
circunstancias. Aquel mismo monje nos enseñó las ruinas de lo que un día
debió ser una impresionante construcción, y nos dijo que habían sido los tengu
los que lo habían incendiado. Intrigada, le pregunte que qué eran los tengu, me
contestó que eran unas criaturas mitad humanas y mitad aves, y que son
guerreros extremadamente diestros en el uso de la katana. Añadió también que
había dos tipos de tengu, primero los nobles y los reyes, que vivían en
palacios con techos de oro, después estaban sus sirvientes. También me dijo
que vivían en el pico de la montaña, y que rara vez se les veía.
Ana, no sé por qué, pero la imagen de la criatura que había visto la noche
anterior venía una y otra vez a mi mente. ¿Era un tengu? No me lo puedo creer,
amiga… ¿No me toca la lotería y veo un tengu? ¿Qué posibilidades hay?
Ya la próxima vez te hablaré en persona, salimos para Madrid pasado mañana.
¡Estoy deseando enseñarte todas las fotos que hemos sacado!
Mil besos, amiga.


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