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Georgina – Amanda Mariel


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Resumen del libro Georgina – Amanda Mariel

Canterbury, Inglaterra
Mayo de 1819
Lady Georgina Seton estaba sentada con toda corrección ante el escritorio
de la directora, esperando a ser atendida. Nunca en toda su vida la habían
hecho esperar así. ¿Es que la Señora Emmeline no se daba cuenta de quién
era? La hija del Duque de Balfour merecía que se le prestara toda la atención.
Ni el duque ni su nueva duquesa le prestaban atención, pero nadie en sociedad,
desde luego nadie por debajo de su estatus, se había atrevido nunca a
ignorarla. Hasta ahora.
–Ehem –Georgie levantó la mirada hacia la mujer mayor, ignorando la
severidad de su rostro.
La Señora Emmeline soltó el lápiz, la miró y dejó a la vista sus dientes
torcidos y manchados.
–En tu solicitud dices que prefieres que te llamemos Georgie o Lady
Georgie. ¿Es correcto, Lady Georgina?
–Así es. –Georgie le ofreció una sonrisa distante.
Llevaba sentada allí más de cinco minutos y lo único que se le ocurría
mencionar a la directora era cómo prefería que la llamara. Era frustrante. Le
dolían los huesos y estaba exhausta por el viaje de casi dos días en carruaje
desde Londres hasta Canterbury. Por no mencionar el cansancio emocional.
Apartada por el hombre al que amaba, expulsada por su padre y su nueva
duquesa. Se le encogió el pecho con una oleada de dolor que la rompió por
dentro.
Tan solo deseaba que le mostraran su habitación y poder darse un baño
caliente, seguido de una buena siesta. Sin embargo, Georgie sabía que su
deseo no sería concedido más rápidamente si era grosera.
Después de todo la mujer tan solo estaba haciendo su trabajo. Un trabajo
por el que el duque pagaba un precio muy elevado. Georgie sabía el gasto que
suponía y la reputación que tenía la escuela de la Señora Emmeline. Al menos
debía reconocer que su padre la había enviado al mejor sitio que había podido
comprar con su dinero. Un hecho por el que suponía que debía estar
agradecida.

La directora garabateó una nota en la solicitud que descansaba sobre el
escritorio en frente de ella y luego volvió a mirar a Georgie.
–Bienvenida a la Escuela de Educación y Decoro de la Señora Emmeline
para Señoritas de Intachable Calidad. Nos enorgullece dejar que nuestras
señoritas descubran quiénes son y que se conviertan en las mujeres que desean
ser. –Su tono era decidido y no hizo ninguna pausa para Georgie, quien
sospechaba que había cierta debilidad, incluso cierta incorrección debajo de
la rígida fachada de aquella mujer.
–En efecto. Lo he visto en el folleto que me dio la nueva Duquesa de
Balfour quince días antes de que me mandaran a esta escuela. Es un eslogan
maravilloso.
Georgie sintió que se le arrugaba el corazón al recordar a su madrastra y
la facilidad con la que se había deshecho de ella. No conoció a su madre
biológica porque murió al darla a luz. Cuando su padre anunció que volvería a
casarse, tenía grandes esperanzas de poder disfrutar al fin del amor y la guía
de una madre. Lamentablemente eso nunca ocurriría.
La nueva madre de Georgie, a falta de una descripción mejor, la empujó
como un pavo hasta la sala privada de dibujo de la residencia de Londres y le
echó en el regazo el panfleto de la escuela. “Tu padre y yo hemos decidido
que necesitas una educación con más disciplina. Partirás hacia la Escuela
de Educación y Decoro de la Señora Emmeline para Señoritas de Intachable
Calidad dentro de quince días. Haz los preparativos pertinentes”.
Su Gracia observó a Georgie con un triunfo helado en sus ojos de hielo
cuando le daba la noticia. Aquel recuerdo le congelaba la piel a Georgie.
Como si aquello no hubiese sido lo bastante descorazonador, el único
hombre al que Georgie había amado permitió que ocurriera. Ella y Felton
crecieron juntos como vecinos y amigos. Con los años él la había rescatado
innumerables veces y Georgie se había enamorado de él.
Su fría despedida tan solo añadió más dolor a su corazón. Por primera vez
él no la había salvado y, sin embargo, ella lo amaba hasta la locura. Él no solo
permitió que la mandaran lejos, sino que se limitó a desearle suerte.
–Es más que un eslogan, Lady Georgina. En la Escuela de Educación y
Decoro de la Señora Emmeline para Señoritas de Intachable Calidad creemos
firmemente que nuestra misión es formar a las jovencitas para convertirlas en
mujeres destacables, según su potencial y sus deseos. –No había posibilidad
de malinterpretar la chispa de malicia que brilló en los ojos de la directora.

Georgina sonrió con sinceridad por primera vez desde que partió de
Londres. Quizás su estancia en ese lugar pudiese ser llevadera si lo intentaba.
Después de todo, ya no le quedaba nada en casa.
–Muy bien. Estoy convencida de que su escuela será un lugar muy positivo
para mí.
Georgie, sin embargo, seguía pensando que habría podido hacer que su
potencial brillara desde el ducado si su padre no la hubiese mandado fuera.
Habló con él, le rogó que no la enviara al colegio. Por un breve instante él
pareció estar de su lado. Casi accedió a que se quedara en casa, pero luego su
mujer intervino en la conversación.
La madrastra de Georgie se encargó de que no permaneciera en la casa
ducal. La escuela de la señora Emmeline le parecía a Georgie un lugar tan
bueno como cualquier otro si no podía permanecer en su hogar y estaba claro
que no podía. Además, después del rechazo de Felton, tampoco estaba segura
de querer quedarse en casa.
Georgie se encontró con la mirada de la directora.
–Estoy destrozada por el viaje. ¿Podría mostrarme mi habitación?
La señora Emmeline bajó la mirada e hizo otra anotación en el impreso.
–Alojamos a las señoritas según sus capacidades y debilidades, cuatro en
cada habitación. –Levantó la cabeza para mirar a Georgie–. Esta política
contribuye al compañerismo entre las estudiantes y les brinda la oportunidad
de ayudarse en las materias que no dominan. ¿Tienes algún inconveniente en
compartir habitación, Lady Georgie?
Georgie era la hija única del duque. Nunca había tenido la oportunidad de
convivir con otras niñas. Desde luego nunca había compartido su dormitorio.
Cuando era niña deseaba tanto tener una hermana que incluso rezaba para que
ocurriera. Quizás esta fuera su oportunidad para estrechar lazos con otras
chicas.
–No me supone ningún problema compartir habitación. Me gusta la idea,
señora directora.
–Llámame Señora Emmeline o Emmeline sin más, cariño –la corrigió la
mujer. Su tono fue severo, pero su expresión seguía siendo amistosa.
Georgie se enderezó y le ofreció una débil sonrisa.
–Como desee, Señora Emmeline, ¿dónde podría darme un baño caliente y
descansar?
–Es necesario descubrir tus talentos antes de que te asignemos habitación.
–La directora se inclinó en dirección a Georgie y bajó la voz–. He diseñado

un método muy agudo para descubrir las fortalezas y puntos débiles de todas
mis jovencitas.
Una cierta incomodidad se apoderó de Georgie. No solo estaba exhausta,
además odiaba ser observada.
–¿Qué tengo que hacer? –preguntó, con un tono menos firme de lo que le
habría gustado.
–Le pedimos a cada jovencita que nos haga una presentación en tres áreas:
académica, luego arte o música a elegir y algún deporte. Según sean tus
elecciones y cómo lo hagas, elegiré tu habitación.
La mente de Georgie iba a toda velocidad mientras intentaba deducir qué
talento tenía en cada área. Su padre le había ofrecido a los mejores tutores.
Tenía muy buena formación en todas las habilidades que una señoría debía
tener: baile, costura, música y poesía entre otras cosas. Él también se había
encargado de que la instruyeran bien en ciencias, matemáticas e historia. Pero
a pesar de su buena preparación, a Georgie le sudaban las manos por debajo
de los guantes al pensar que tenía que demostrar sus habilidades.
La Señora Emmeline se levantó y rodeó el escritorio.
–¿Preparada, Lady Georgie?
Ella no se habría descrito como preparada, pero tampoco iba a haber un
mejor momento, más valía acabar cuanto antes.
–Si es necesario –respondió.
La directora se limpió las manos manchadas de carbón en la parte frontal
de su feo vestido gris y luego asintió.
–Todas las señoritas se presentan al poco de su llegada. Lo harás bien,
estoy segura.
Georgie dudaba de que sería capaz de hacerlo bien. El corazón le latía in
crescendo dentro del pecho mientras aumentaba su nerviosismo. Aún así,
prefería acabar con las pruebas cuanto antes. Asintió.
–Espera aquí mientras reúno a las niñas en la sala de música para tu
primera demostración. La Señora Dires vendrá a buscarte cuando estén todas
sentadas. –La incomodidad de Georgie debe haber sido palpable, porque la
Señora Emmeline hizo una pausa y añadió–. No te preocupes, cariño. Todas
las jovencitas han tenido que presentarse en su primer día.
Se giró y salió de la habitación dejando sola a Georgie.
Georgie miró a través del gran ventanal en forma de diamante que había
detrás del escritorio de la directora y se esforzó por tranquilizarse. Había
recibido muy buena educación musical, sabía cantar y tocar el clavecín. Si

conseguía controlar su cuerpo tembloroso podría hacerlo sin quedar como una
tonta. Respiró hondo y luego soltó el aire poco a poco. Su profesor de música,
así como su familia, alababan su forma de cantar. Todo iba a salir bien.
Una mujer joven con un vestido similar al de la Señora Emmeline entró en
el despacho después de lo que pareció una eternidad.
–La señorita Dires, supongo.
La mujer sonrió.
–Sí, soy yo –Le ofreció una genuflexión–. Es un placer conocerla, Lady
Georgie.
–Igualmente. –Georgie le devolvió la sonrisa a la mujer, aunque se sentía
un poco mal.
–Sígame, las niñas están preparadas para su demostración. –Se giró y
empezó a salir del despacho.
Georgie siguió a la señorita Dires por un largo pasillo iluminado por
varios candelabros que resplandecían y lanzaban sombras desde el techo. Era
el mismo que cruzó al llegar al colegio, el único pasillo que había visto hasta
el momento.
Georgie se quedó sin respiración al seguir a la mujer a través de unas
puertas dobles que conducían a una abarrotada sala de música. Su mirada
recorrió las filas de chicas sentadas detrás de los profesores, justo frente al
escenario. Allí vio un piano, un clavecín, un laúd, una flauta, una mesa con
campanas y una guitarra. Todos los instrumentos tenían bastante separación
como para que el público pudiera verla sin ningún obstáculo.
–Sube al escenario, Lady Georgie –le dijo la Señora Emmeline desde un
extremo de la sala.
Lo que habría dado porque Felton entrase volando como un halcón y la
salvara. Georgie tragó con dificultad, apartando aquel absurdo pensamiento de
la mente y avanzando hasta la parte frontal de la sala. No podría cantar si no
controlaba el pánico escénico. Quizás fuese mejor que eligiera algún
instrumento.
No. Su voz era su mejor baza. Podía hacerlo. Georgie se concentró en la
Señora Emmeline cuando esta subió al escenario.
–Alumnas de la Escuela de Educación y Decoro de la Señora Emmeline
para Señoritas de Intachable Calidad, por favor dadle la bienvenida a Lady
Georgina Seton. Prefiere que la llamen Lady Georgie o Georgie. –Las
palabras salían de su garganta con fluidez, como si todos los días hablara en
público–. Lady Georgie nos mostrará primero su talento musical, ya sea con el

piano, el arpa, la guitarra, las campanas o cantando. –La mujer pasó la
atención del público a Georgie–. ¿Qué vas a escoger?
Georgie alzó la barbilla, negándose a que la incomodidad se apoderara de
ella.
–Voy a cantar, señora Emmeline.
La directora asintió y se dirigió al público:
–Tras su demostración vocal nos mostrará su talento académico y sus
habilidades para el deporte. Nos reuniremos al aire libre para la última
demostración. Al terminar, volveremos al comedor para la cena.
Las palabras le aceleraron el corazón a Georgie. ¿Qué iba a hacer para la
demostración académica y para la deportiva? No tenía tiempo de preparar
nada, mucho menos tenía idea de lo que debía demostrar. Lo último que
deseaba era hacer un papelón frente a sus compañeras.
–¿Desea acompañamiento de piano, Lady Georgie?
Las palabras de la directora interrumpieron sus agolpados pensamientos.
–Me encantaría, señora Emmeline.
–Muy bien.
La directora miró hacia la fila de instructores y luego le hizo una señal
para que subiera al escenario.
Una mujer de pelo cano con vestimenta severa pasó al piano.
–¿Qué pieza desea que toque? –preguntó.
Georgie pensó en una canción perfecta. Oft in the Stilly Night o Robin
Adair, ¿cuál gustaría más? ¿O quizás la favorita de su padre: A Love’s Dream?
Robin Adair era la más corta y por tanto le permitiría bajar del escenario
antes, pero A Love’s Dream era mejor para demostrar su talento.
–¿Cuál va a ser, querida? –instó la señora Emmeline.
–Oft in the Stilly Night. –¡Demonios! ¿Por qué había nombrado esa
canción? Ni siquiera la había sopesado en un principio.
La sala guardó silencio cuando empezó la música de piano. Georgie cerró
los ojos y se centró en la letra. Las primeras líneas salieron un poco
temblorosas pero a mitad de la canción le pareció que su tono y su ritmo se
acompasaban.
Se relajó, interpretando la canción con más seguridad momento a
momento. Abrió los ojos en la última frase. Muchas de las chicas la miraban
con fijeza. Otras tantas susurraban entre sí, o miraban a cualquier lugar, menos
al escenario.

A Georgie se le encogió el corazón cuando miró la sala. Parecía que su
talento vocal no era tan bueno como creía. Se le cerró la garganta, no había
nada como una sana dosis de vergüenza como complemento del sentimiento de
abandono y rechazo que crecían en su interior.
La señora Emmeline empezó a aplaudir y, en un abrir y cerrar de ojos, el
público (tanto las niñas como los profesores) se unió.
La directora colocó las manos en los costados de su cuerpo y una vez más
la sala se quedó en silencio.
–Gracias por su… interpretación, Lady Georgie. Veamos ahora su talento
académico.
La institutriz de Georgie solía hacer un juego de multiplicaciones con ella,
de manera que sabía las tablas del uno al doce sin ningún error desde que era
muy pequeña. Estaba segura de que podría decirlas sin pasar vergüenza. Sus
ojos recorrieron el mar de extrañas que la observaban.
–Muchas de nuestras niñas demuestran su talento a través de la historia.
Miss Alexandria se sabe de memoria todas las grandes batallas de la historia.
A otras les interesan las ciencias o la literatura; nos explican fórmulas o
recitan largos poemas.
Se habría podido escuchar un alfiler caer mientras hablaba la señora
Emmeline. Su tono y sus palabras tenían a Georgie casi hipnotizada. ¿Sus
conocimientos matemáticos estarían a la altura de los talentos de las otras
niñas? Eso esperaba.
–Te voy a dar un momento para que te prepares. Recuerda hablar alto y
claro cuando estés preparada.
Georgie cogió aire para tranquilizarse.
–Me gustaría empezar ya si no le importa.
–El escenario es tuyo, Lady Georgie.
–Voy a recitar las tablas de multiplicar hasta el doce –Georgie cerró los
ojos una vez más–. Uno por uno uno –empezó. Al igual que ocurrió antes, sus
nervios se calmaron a medida que avanzaba en el territorio familiar de las
multiplicaciones. Se imaginó diciendo las tablas frente a su institutriz–. Siete
por nueve sesenta y tres, siete por diez setenta.
Pasaron varios minutos y Georgie siguió moviéndose en sus
multiplicaciones hasta llegar al final.
–Doce por doce ciento cuarenta y cuatro.
Por primera vez desde que subió al escenario se sentía totalmente cómoda.
Abrió los ojos y sonrió para las niñas y las profesoras, que ahora la miraban

con una apreciación nueva. Quizás la demostración musical hubiese sido un
desastre, pero la demostración académica había sido una conquista fácil y
llena de gracia, propia de una lady como ella.
La sala estalló en aplausos y Georgie hizo una genuflexión. Ya solo le
restaba la demostración deportiva. Podía hacerlo. Los deportes habían sido
una parte importante de su vida en la casa ducal.
Desde luego la escuela de la señora Emmeline le ofrecía algo con lo que
estaba familiarizada.
La sala quedó en silencio y la señora Emmeline volvió a pedir la atención
de todas. Mientras hablaba, Georgie miraba a las otras niñas, observándolas
de verdad por primera vez desde que llegó a aquella sala.
Todas tenían más o menos la misma edad que ella y la mayoría iban muy
bien vestidas. Parecía que casi todas preferían tener un aspecto más maduro,
con el pelo recogido o con las trenzas cayendo suavemente sobre los hombros.
Georgie también prefería esos estilos, elegantes y sofisticados. La similitud
entre ella y las otras niñas la hizo sentir más cómoda mientras hablaba la
directora.
–Salgamos todas para ver la demostración deportiva de Lady Georgie. –
Todas se levantaron con ligereza, como estuvieran deseando salir al aire
libre–. ¿Necesitas tiempo para ponerte la ropa de montar o un traje de baño,
Lady Georgie?
La equitación era uno de sus puntos fuertes, pero Georgie no deseaba
montar un caballo que no conocía. Lo último que necesitaba era una caída. Y
si tuviese que nadar, bueno, moriría allí mismo.
–No es necesario –respondió.
–Como desees. –La señora Emmeline indicó la puerta doble que daba a
una zona de césped en la que se habían colocado varios puestos. En cada uno
había equipo para distintos deportes al aire libre. El sol empezaba a bajar en
el cielo, indicando que era tarde. Georgie salió junto a las otras niñas.
–También tenemos un lago, si quieres demostrar tu talento remando –le
ofreció la señora Emmeline.
A Georgie nunca le habían gustado mucho los lagos y los ríos. Le parecía
que allí habitaban criaturas malignas. El riesgo de encontrarse con alguna era
demasiado elevado como para aventurarse.
–Prefiero otra cosa.
–De acuerdo –continuó la directora, dirigiéndose hacia los puestos
deportivos que tenían frente a sus ojos.

Georgie recorrió los cinco puestos, no podía ignorar a las profesoras y
alumnas que la miraban con anticipación en sus rostros. La ansiedad le
recorrió la espina dorsal. Pasó por los primeros dos puestos sin prestar mucha
atención. En el tercero había equipación para bádminton, un deporte que había
jugado en varias fiestas de jardín y que le parecía bastante divertido, sin
embargo no creía que fuese de sus mejores talentos.
A continuación había varias armas. Había disparado unas cuantas veces en
su vida, pero desde luego no se le daba muy bien. Su bendito padre había
dedicado todo un verano a intentar mejorar sus habilidades, pero ella no podía
con el horrible ruido y el retroceso feroz de las armas de fuego.
Se sintió llena de felicidad al llegar al último puesto. Había una fila de
ganchos de los que pendían en un orden perfecto varios arcos. Unos cuantos
metros más lejos había dianas de paja, con sus círculos rojos y blancos.
Estaban preparadas y mostraban agujeros por el uso. El arco era, sin ninguna
duda, una de sus dotes más fuertes. Había pasado innumerables horas
practicando con su padre. Una buena cantidad de tiempo compitiendo y
practicando también con Felton. Le saltaba el corazón con solo pensar en él.
Respiró hondo para alejar de sí aquel dolor del corazón. No era el momento.
Georgie se acercó a los arcos y eligió uno, luego cogió una flecha. Miró al
blanco y perfeccionó su postura, alzó el arco y luego apoyó la flecha contra la
cuerda.
Tiró hacia atrás y bajó la mirada hacia la flecha, centrándola en el punto
rojo central de la diana. Soltó la flecha y esta rugió en el aire. Las
espectadoras estallaron en un aplauso en el momento preciso en el que la
flecha de Georgie se clavó en el centro.
No era un centro perfecto, pero de cualquier manera se sintió llena de
entusiasmo al ver las enormes sonrisas de sus compañeras y profesoras. Había
logrado disparar a pesar de la inquietud de sus sentimientos. Había salvado al
menos en parte su orgullo en aquel proceso.
Una chica rubia se acercó a ella y se puso la mano en la cadera.
–Supongo que has tenido suerte con ese tiro.
La actitud de la chica sorprendió negativamente a Georgie. Parecía
enfadada, pero ¿por qué?
–Es un tiro normal en mí. ¿Eres arquera? –le preguntó Georgie.
–Soy la mejor arquera de la escuela de la señora Emmeline. –La chica
contoneó ligeramente la cadera.

–Quizás podamos entrenar juntas –le ofreció Georgie con una ligera
sonrisa–. Me llamo…
–Sé cómo te llamas, Georgie. Y en cuanto a lo de entrenar juntas… –La
chica retiró la mano de su cadera y miró a la diana–. Creo que podría ser
tolerable.
Era como si aquella chica quisiera hacerse notar. Georgie vio un amago de
diversión debajo de su arrogancia. Quizás llegaran a ser amigas. La chica
probablemente solo quería demostrar su superioridad. Georgie ya había visto
ese tipo de comportamiento en el pasado, normalmente en compañeras de la
clase alta. Incluso se podría esperar de ella que se comportara así, ya que era
hija de un duque, pero nunca había sentido la necesidad de hacerlo ni le
apetecía.
Estaba segura de que aquella chica escondía mucho más debajo de esa
actitud.
La rubia se giró y dio unos cuantos pasos hacia las puertas dobles, que aún
estaban abiertas. Luego se giró y miró a Georgie.
–Pero no te quedes allí parada. Es la hora de la cena, vamos.
Georgie se movió para alcanzarla.
–¿Puedes decirme tu nombre?
–Bueno, sí. Soy Miss Adeline. –Sus labios se torcieron como si estuviera
conteniendo una sonrisa–. Supongo que deberíamos ser amigas, ya que estoy
casi segura de que vamos a compartir habitación después de tu demostración
con el arco y del desastre de tu presentación vocal.
Adeline se echó a reír y Georgie no pudo evitar unirse a la risa.
–Sí, mi canto ha sido de vergüenza.
–Horrible. Si yo fuera tú le echaría la culpa a los nervios.
Las mejillas de Georgie se colorearon.
–Más bien fue por tener que presentarme en público así, sin previo aviso
ni nada.
–No importa, te has redimido con las multiplicaciones y el arco. Vas a
estar bien aquí en la Escuela de Educación y Decoro para señoritas de
Calidad Inmejorable de la señora Emmeline.
Georgie sonrió con amplitud.
–Sí. Todas deberíamos intentar sacar lo mejor de nosotras mismas.
Las dos chicas se echaron a reír mientras entraban en el edificio, atrayendo
las miradas de sus compañeras y alguna mirada seria de las profesoras. En ese
momento Georgie sintió que Adeline se convertiría en su mejor amiga.


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