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El hombre del cuadro – Susan Hill

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Información:

  • Titulo: El hombre del cuadro – Susan Hill
  • Genero: ,
  • Formato: PDF , Epub
  • Idioma: Español
  • Páginas: 84
  • Publicado: 2014
  • Autor:
  • Visitas: 3399
  • Descargas Gratis: 717

Resumen del libro El hombre del cuadro – Susan Hill

Theo Parmitter, mi antiguo tutor, me contó la siguiente historia una gélida
noche de enero, en su piso de la residencia universitaria. Por entonces aún
había chimeneas de verdad, y el servicio se encargaba de subir el carbón en
unos cubos enormes de latón. Me había desplazado desde Londres para ver a
mi viejo amigo, que hacía ya algunos años que había cumplido los ochenta,
pese a lo cual gozaba de un buen estado de salud y de ánimo y tenía una mente
más lúcida que nunca; sin embargo, estaba aquejado de una grave artritis, por
lo que tenía grandes dificultades para abandonar su habitación. La universidad
cuidaba bien de él. Era una especie en vías de extinción, el antiguo soltero de
Cambridge para quien la universidad era su familia. Había vivido en ese
agradable entorno durante más de cincuenta años y le satisfaría morir aquí.
Mientras tanto, algunos de los que habíamos sido alumnos suyos unas cuantas
generaciones antes nos encargábamos de visitarlo de vez en cuando para
llevarle noticias y aire fresco del mundo exterior ya que le encantaba. No
podía salir muy a menudo, pero le entusiasmaban los chismorreos, saber quién
había conseguido qué trabajo, a quién le iban bien las cosas, quién era el
favorito para tal o cual cargo de responsabilidad, quién estaba implicado en
algún escándalo.
Me había esforzado para hacerle compañía durante casi toda la tarde y en
la cena, que nos sirvieron en sus aposentos. Tenía la intención de hacer noche,
de ver a un par de personas más y salir a dar una vuelta con paso enérgico por
el entorno familiar, antes de regresar a Londres el día siguiente.
Sin embargo, no me gustaría transmitir la impresión de que se trataba de

una visita de cortesía a un anciano del que apenas obtenía nada a cambio. Al
contrario, Theo era un amigo estupendo, ingenioso, mordaz, astuto, un pozo
inagotable de historias que eran mucho más que los recuerdos y divagaciones
de un anciano. Era un excelente conversador; la gente, incluso los profesores
más jóvenes, siempre habían pugnado por sentarse a su lado en el comedor.

Era la última semana de vacaciones y la calma imperaba en la universidad.
Nos habíamos regalado una buena cena, habíamos dado cuenta de una botella
de burdeos del bueno, y estábamos cómodamente arrellanados en nuestros
sillones ante una buena hoguera. Sin embargo, el viento invernal, que soplaba
siempre de las marismas de Norfolk, aullaba y en ocasiones una ráfaga de
granizo impactaba contra el cristal.
Nuestra charla había ido perdiendo intensidad lentamente en el curso de la
última hora. Yo le había contado todas mis novedades, habíamos arreglado el
mundo, y ahora, con el calor del fuego, nuestra conversación se había
atemperado. Me embargaba una sensación deliciosamente agradable, sentado a
la luz de un par de lámparas, y durante unos instantes me pareció que Theo
dormitaba.
Pero, entonces, rompió el silencio.
—Me pregunto si te gustaría escuchar una historia extraña.
—Ya lo creo.
—Extraña y un tanto inquietante. —Se removió en el sillón. Jamás se
quejaba, pero yo sospechaba que la artritis le provocaba un dolor
considerable—. Ese tipo de cuentos tan adecuados para una noche como la de
hoy.
Levanté los ojos y lo miré. Su rostro, iluminado por la luz titilante de la
hoguera, mostraba un gesto tan grave, circunspecto me atrevería a decir, que
me sobresalté.
—Puedes juzgar esta historia como te plazca, Oliver —dijo en voz baja—,
pero te aseguro que es cierta. —Se inclinó hacia delante—. Antes de empezar,
¿te importaría acercar el decantador de whisky?
Me levanté y me dirigí al estante de las bebidas.
—La historia que voy a contarte está relacionada con el cuadro que tienes

a la izquierda —dijo—. ¿Recuerdas algo de él?
Señalaba una franja estrecha de la pared entre dos estanterías. Estaba
oculto por una sombra oscura. Theo siempre había tenido cierta fama de ser un
astuto coleccionista de arte y poseía algunas obras maestras de la pintura
clásica y acuarelas del siglo XVIII, adquiridas, según me confesó en una
ocasión, por cantidades modestas cuando era joven. No sé mucho de pintura, y
su gusto no coincidía con el mío, pero me acerqué al cuadro que señalaba.
—Enciende la lámpara.

 



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