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El capitan del arriluze – Luis de Lezama

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  • Titulo: El capitan del arriluze – Luis de Lezama
  • Genero: ,
  • Formato: PDF , Epub
  • Idioma: Español
  • Páginas: 329
  • Publicado: 2015
  • Autor:
  • Visitas: 722
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Resumen del libro El capitan del arriluze – Luis de Lezama

No sé de dónde me venía mi afición infantil a los barcos. Nada me ilusionaba
más que, cuando era niño, en aquel Bilbao de la posguerra, ir a la ría a ver
barcos. En cuanto podía les pedía a mis padres que los días de fiesta me
llevaran a verlos. Cuando fui más mayorcito buscaba amigos con los que
poder ir. Cuanto más grandes eran los barcos, mejor. Si con bandera
extranjera, más interesantes se me hacían.
Llegaba al puente de Deusto por la mañana y veía a mi izquierda los
grandes cargueros que se reparaban en los muelles de Euskalduna. Abría los
ojos y permanecía extasiado hasta perder la puntualidad a la misa, que el
padre jesuita José Julio Martínez decía a las monjas a las ocho de la mañana
cerca de la universidad.
Contemplar aquel enjambre de marineros, soldadores, mecánicos y
chapistas, pintores y carpinteros, que acicalaban un gran barco, era para mí un
grandioso espectáculo. Sobre todo cuando se abrían por dentro como una gran
manzana y te dejaban ver su corazón de acero, expuesto al aire, para ser
curado. Me parecía que los soldadores, envueltos en sus buzos galácticos,
iban con los sopletes de fuego cicatrizando sus heridas por las que manaba la
sangre de su aceite y de su agua salada. Lo cual debía de ser peligroso para la
vida del barco porque se encharcaban sus pulmones. Desde que había recibido
la primera clase de anatomía pensé que los barcos, con sus pulmones de acero,
tenían que poseer mucho aire dentro para poder navegar lejos y ser poderosos.
Son como las personas: si no respiran no tienen vida. Son como los
escaladores pero sus montañas más altas son sus mares más lejanos, y sus

picos son los picos de las olas más grandes.
Cuando estaba en clase de matemáticas fantaseaba con el mar. En mi
cuaderno de apuntes dibujaba rosas náuticas y no ecuaciones ni fórmulas. Tan
pronto era un pirata en mi imaginación como el almirante de una flota inglesa.
Me perdía soñando cuál sería la ceremonia de partida de mi barco y el
encuentro de la recalada en mi destino.
Todo esto bullía en mi cabeza a mis diez años. Aunque no estaba seguro de
querer ser marinero. El día de mi primera comunión, siguiendo una tradición
muy bilbaína, mis padres me vistieron de marino. Pero esa foto, que aún
cuelga en mi dormitorio, con el peto blanco a la espalda y mi corbatín azul, no
me seducía. «Si fuera marino lo sería de los de verdad», me decía a mí mismo
cuando me veía. Estaba claro, a mí de los marinos lo que más me gustaba era
su permanente afán de aventuras en el mar para luego contarlas en tierra.
He de reconocer que los domingos a la tarde, mientras mis amigos iban al
cine de la Quinta Parroquia a ver las películas de Fu Manchú y Tarzán, yo me
gastaba la pequeña paga en tomar el tranvía e ir a las rampas de Uribitarte a
ver barcos. Si tropezaba con algún marino que hacía guardia del suyo, y
conseguía llamar su atención hasta decirle algunas palabras, era el ser más
feliz. Me parecía que había hablado con habitantes de otro mundo situado en el
más allá. Para mí, el más allá estaba en la mar y el más acá en la tierra.
Hubiera vivido con mi pasión del mar como un ermitaño pero sin la lujuria de
las olas, que en mi mentalidad infantil siempre se me figuraban un goce sexual
y un pecado. Me daban miedo.
Volvía a casa muy contento, como si hubiera descubierto un nuevo
continente.
—Luisito, ¿dónde has estado? —me preguntaba mi madre—. ¿Fuiste al
cine de la catequesis?
Y yo le mentía. A mis padres no les gustaba que fuera a ver barcos si no
era con ellos. Eso ocurría muy de tarde en tarde. Para ellos era muy peligroso
hablar con gente desconocida. Además, te podían raptar. Resultaba tan
temerario que hasta deseaba ser raptado. Pero no me atrevía a confesárselo a
nadie. Creía que sería una gran aventura… ¡Ser raptado! Montarme en un barco
y recorrer el mundo con un nombre supuesto que no fuera el de Luisito… Yo
quería ser Ahmed el marino, llevar turbante y pintarme la cara de moreno.

Bien es cierto que cuando iba con mi padre, él fumaba en pipa mientras me
explicaba las características de aquel barco. A mí me daba mucha rabia que no
fuera marino, sino solo comerciante. Pensaba que si mi padre lo fuera yo
conocería los barcos por dentro y viajaría en ellos como el hijo del capitán.
Creo que a veces mentía cuando me preguntaban chicos desconocidos.
—¿Tu padre qué es?



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