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Dulce castigo – Brianne Miller


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Información
  • Titulo: Dulce castigo – Brianne Miller
  • Genero: ,
  • Formato: PDF , Epub
  • Idioma: Español
  • Páginas: 2018
  • Publicado: 2017
  • Autor:
  • Visitas: 8022
  • Descargas Gratis: 802
Resumen del libro Dulce castigo – Brianne Miller

Lady Elisabeth Mary Hamilton, hija del conde de Norfolk, observaba
con curiosidad al apuesto caballero que llevaba una semana viniendo de visita
a la escuela. Cada día entraba con un presente bajo el brazo, y salía a pasear
con Eleanor, una joven que llegó nueva ese mismo año, al jardín. ¿Sería su
prometida? Beth les observaba entre los arbustos, intentando descubrirles en
una situación embarazosa. No es que fuese a contárselo a alguien, pero le
parecía excitante observar cómo una pareja de amantes se besaba a
escondidas. Su vena curiosa siempre le había jugado malas pasadas, y en más
de una ocasión había terminado castigada por ello, pero no podía evitar sentir
curiosidad por todo lo que ocurría a su alrededor.
Ese día, el caballero en cuestión permanecía sentado en uno de los
bancos de forja del jardín, esperando pacientemente a que su acompañante se
dignase a aparecer. Beth no podía dejar de mirarle, le parecía tan apuesto que
se quedaba sin aliento cada vez que le dedicaba una sonrisa cuando se
cruzaban en el pasillo, pero jamás se había atrevido a dirigirle la palabra.
Hasta ahora. Se alisó las faldas del vestido de lana que llevaba para combatir
el frío e intentó eliminar cualquier brizna de hierba que pudiese haber
quedado en ellas. Se acercó con paso lento al caballero, intentando aparentar
cruzarse con él por pura curiosidad, pues tampoco quería ser demasiado
atrevida. Cuando estuvo a su altura, él levantó la vista, cerrando un ojo para
evitar que la luz del radiante sol de junio le dejase ciego, y sonrió.
—Buenas tardes, milord —dijo la joven sonriendo también—. ¿Está de
visita?
—Así es, milady. Estoy esperando a mi hermana, Eleanor Levenson.
¿La conoce?
—No tengo el gusto, aunque la he visto alguna vez por los pasillos del
colegio.

—Es una lástima, le hace falta una buena amiga. Acaba de llegar a esta
escuela y se siente muy sola.
—¿Por eso la visita usted a diario? ¿Para hacerle compañía?
—¿Me ha estado espiando, milady? —preguntó él arqueando una ceja.
—¡Por supuesto que no! No recibimos demasiadas visitas en la escuela
entre semana, eso es todo. Por cierto, es muy descortés no presentarse a una
dama.
—Creo recordar que la dama en cuestión ha sido quien me ha
abordado, y ha sido tan descortés como yo.
El caballero se levantó del banco e hizo una impecable reverencia.
—Soy el duque de Sutherland, milady. ¿Y usted es…
—Soy lady Elisabeth Hamilton, excelencia.
La joven ocupó asiento junto a él.
—¿Es usted el prometido de Ivette? —preguntó, consiguiendo
sorprender al duque.
—¿Perdón?
—El conde de Blessington se llevó a su hija del colegio para casarla
con un duque. ¿Es usted?
—Creo que se refiere a un buen amigo mío, el duque de Devonshire.
Yo aún no estoy pensando en contraer matrimonio.
—Es una lástima que no sea usted. A la pobre van a casarla con un
viejo solo porque su padre no ha sido capaz de conservar su fortuna.
—¿Viejo? ¿De dónde se ha sacado usted que Devonshire es viejo? El
duque tiene mi misma edad, milady, así que no sé si sentirme ofendido ante
esa afirmación.
—Usted no es viejo, y si Devonshire es como usted, por suerte para
Ivette él tampoco lo es.
—¿De dónde han sacado ustedes dos tremenda ridiculez?
—Es lo que decían a todas horas las sirvientas, excelencia.
—Si la señorita Spencer la escuchara chismorrear con el servicio sobre
el conde, la castigaría de cara a la pared.
—Yo no chismorreaba, simplemente las observaba en la distancia.
—Quiere decir que las espiaba, ¿no es así? Eso es aún peor que
chismorrear.
—La señorita Spencer no se enterará de ello si usted no se lo cuenta,
¿verdad que no?
—Mmm… Así es, pero ¿qué gano yo a cambio?

—¿Cómo dice?
La cara de estupefacción de la joven estuvo a punto de hacer reír a
Sutherland, pero logró contenerse. Se estaba divirtiendo enormemente
tomándole el pelo, y aún faltaba un buen rato para que su hermana llegase.
—Si he de guardar un secreto de ese calibre, deseo algo a cambio.
—¡Pero no tengo dinero, señor! ¿Cómo iba a pagarle?
—Yo no he hablado de dinero.
—¿Entonces?
—Me conformo con un beso.
—¡Soy una dama decente! ¿Por quién me ha tomado?
—Vamos, un beso no puede hacerle daño a nadie.
—¡Es usted un atrevido!
—¿Yo? Ha sido usted quien se ha acercado a mí, sin mucho disimulo,
por cierto, y me ha abordado descaradamente, milady.
—Confunde el descaro con la buena voluntad —protestó Beth ofendida
—. Yo solo pretendía darle conversación hasta que apareciese su hermana. Se
veía muy aburrido.
—Yo creo que lo que usted pretendía era flirtear conmigo.
—¡Yo no flirteo! ¡Y mucho menos con usted! —protestó Beth molesta.
—¡Oh, querida, sí que lo ha hecho!
—¡No sea engreído! Usted no es para nada mi tipo.
—Ah, ¿no? Y pensar que me consideraba bastante apuesto…
—Normalito… más bien del montón.
—Así que del montón.
El duque se acercó a ella y pasó el brazo por detrás de su espalda, sin
tocarla, pero reduciendo peligrosamente el espacio que les separaba.
—¿Y por qué te late tan fuerte el pulso en el cuello, criatura? —
susurró.
Pasó un dedo por la carótida de la mujer con parsimonia, satisfecho al
recibir como recompensa un gemido quedo. Era una jovencita muy bonita, y
le gustaba verla acalorada por sus bromas.
—Yo creo que te ha puesto nerviosa mi propuesta —prosiguió—. Es
más, creo que estás deseando que te bese.
—Antes prefiero besar a una vaca —protestó Beth.
—¿A quién quieres hacérselo creer? ¿A mí, o a ti misma?
—Intente besarme, excelencia, y gritaré tan fuerte que Scotland Yard al
completo vendrá a arrestarle por abusar de una dama.

—No… no lo harás, pequeña.
—¿Quiere usted apostar?
Una carcajada escapó de la garganta del duque, que le besó la punta de
la nariz y se levantó del banco para hacerle una reverencia.
—No creo que esté preparado para seguir el camino de mi amigo hasta
el altar, cariño, y si te beso y alguien nos sorprende, ese será mi destino.
—Debería ser la horca, malnacido —dijo ella entre dientes.
—¡Auch! —protestó el duque cerrando los ojos— Tienes el lenguaje
digno de una ramera.
—Y usted los modales de un canalla.
—Eres demasiado impertinente para tu bien, niña. Deberías hacer más
caso de las clases de decoro de la escuela.
—Es usted un… un…
—Tal vez sea hora de comentarle a la señorita Spencer tu
comportamiento con uno de los pares del reino.
El gesto de terror que se instaló en el rostro de la joven fue
gratificación suficiente para Sutherland, que sonrió con malicia.
—No… mejor me guardo el secreto. Tal vez me sirva en un futuro
mucho mejor que ahora.
—Gracias, excelencia.
—Pero me debes un beso, pequeña, no lo olvides nunca.
Dicho esto, el duque de Sutherland se encaminó hasta la escuela
silbando. Antes de entrar, se volvió de nuevo hacia ella y le lanzó un guiño
acompañado de una sonrisa triunfal.
—Estúpido arrogante y engreído…


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