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Del Gris al Blanco Volumen 1: Gris Casi Negro – Natasia Blanco

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  • Titulo: Del Gris al Blanco Volumen 1: Gris Casi Negro – Natasia Blanco
  • Genero: ,
  • Formato: PDF , Epub
  • Idioma: Español
  • Páginas: 40
  • Publicado: 2017
  • Autor:
  • Visitas: 6017
  • Descargas Gratis: 723

Resumen del libro Del Gris al Blanco Volumen 1: Gris Casi Negro – Natasia Blanco

Sin embargo, a pesar de esa aparente cordialidad, notaba que se había abierto una brecha entre ambas. Claro, yo tenía el futuro solucionado, mientras que ella
seguiría viviendo al borde del abismo, como todos los que no estaban en la función pública, mirando cada euro y sin poder irse de vacaciones ni nada. Y se quejaba de
que no encontraría a alguien; ella al menos no era virgen.
Hacía años, cuando tenía quince, había estado a punto de dejar de ser virgen, pero tuve una experiencia traumática que me da mucha vergüenza contar, bueno,
quizás lo haga más adelante. El caso es que los tíos me daban mucha grima desde entonces. Solo de pensar en ver a uno desnudo me producía escalofríos.
Sin embargo, Angustias no tenía esos problemas. Como su madre era finlandesa estaba acostumbrada a estar en la sauna con toda su familia. Estaba harta de ver
pollas, la verdad, y también las había tenido dentro y eso, bueno, no las de su familia, de otros, como Pavel, un checo que habíamos conocido el verano pasado y que
estaba buenísimo. Rubio, alto, con un pecho como el de Beckham y lleno de tatuajes. A mí me gustaba mucho pero él se fijó solo en Angustias.
Su amigo, que no sé ni cómo se llamaba, me persiguió todo el rato mientras estuvieron en España. Lo que más recuerdo de él eran sus horribles granos
purulentos. Además, hablaba rarísimo. Al agua la llamaba “voda” y todo así. No congeniamos. Pero Angustias se tiró a Pavel y, al parecer, lo pasó muy bien con él.
Al día siguiente, ni rastro del checo. Tuve que consolar a Angustias, que ya se veía viviendo en Praga. Es que mi amiga es muy buena, pero enseguida se monta
castillos en la arena. Solo con ver a un tio que le gusta ya se imagina que se hacen novios y se casan y todo lo demás. Así, sin salir ni nada antes para ver cómo es y si
son compatibles y si él sabe cocinar. No me extrañaba que los novios le duraran dos meses como mucho. Solo se fijaba en si eran guapos. Bueno, yo también me fijo,
para qué nos vamos a engañar. Ahora que lo pienso, me hubiera encantado liarme con Pavel. Hubiera sido la ocasión de dejar de ser virgen.
Tenía entonces treinta y tres. Y ahora, treinta y cuatro.

Me llevó frente al espejo y él se colocó detrás de mí. Sus manos, dos, me palpaban como si fueran veinte. Notaba dedos hasta dentro de la oreja y en más
agujeros. ¡Hasta siete orificios distintos conté!
—Aunque te cueste creerlo, yo tengo los mismos —me susurró en uno de ellos, mientras mi blusa caía sobre el laminado de madera del IKEA.
Eso fue demasiado. Un líquido espeso se me escurrió por el muslo y dejó un charco en el suelo. ¡Era buena señal!
Entonces Marco me agarró por la cintura, me levantó en vilo y me llevó hacia la silla de oficina sin brazos que ocupaba el centro del salón. Él ya se había bajado
los pantalones. Se sentó y me sentó encima, ensartándome. Entró a la primera como si estuviera untada con mantequilla. Chillé como una cerda.
Empecé a cabalgarlo como loca; siempre me habían dado miedo los equinos, como aquel pony que me quiso regalar mi padre y que me mordió la mano el muy
hijo de puta, pero en ese momento saltaba una y otra vez, boing, boing, boing, 747, boing. Marco empujó con los pies la silla y esta empezó a rodar por el salón. Yo ahí
montando a pelo y la silla rodando.
De pronto, chocamos contra la pared. Fue el súmmun de la voluptuosidad. Marco se impulsó de nuevo y volvimos a recorrer el recinto de un lado a otro. La silla
tropezó en su viaje de ardoroso placer con una mesa del IKEA y eso alteró su trayectoria. Chocamos contra otra pared, y así varias veces hasta que una maniobra
inesperada hizo que empezáramos a girar. Yo ya no sabía si me mareaba por el clímax que se aproximaba como una ola o porque todo daba vueltas, yo la primera y
Marco el segundo (y la silla la tercera). El giro se tornó rápido, casi loco. El salón era una mancha borrosa.



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