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Ciega, sorda y muda – Estefania Scioli


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Información
Resumen del libro Ciega, sorda y muda – Estefania Scioli

Hay una canción que dice algo así como que no importa el lugar, porque el
sol es siempre igual, no importan los recuerdos o si es algo que vendrá. Dice
que la vida es un camino para andar y que siempre, esos buenos momentos
estarán en nuestros corazones. Que si hay algo que esconder o algo que decir,
un amigo es el primero en enterarse porque los momentos vividos son los que
perduran en el tiempo. Dice que un amigo es una luz brillando en la
oscuridad y nunca va a importar nada más…
Entre nosotros, es en los momentos más importantes y hermosos de
nuestras vidas, incluso en los peores, cuando caemos en la realidad del
enorme significado de la palabra “amigo”. Así les pasó a Malena, Pilar y
Catalina. Esa mañana en la cual Pilar las llamó y les dijo que ya estaba
preparada, lista para ir a parir. Sus amigas salieron corriendo, porque sabían
que Pablo no estaba en la ciudad y que seguramente, como era Pilar, el bebé
seguía sus pasos e iba a hacer lo que quería, sin importar la fecha probable de
parto. Se había adelantado dos semanas, contracciones espaciadas durante la
madrugada y ya cuando llegaron sus amigas, alrededor de las nueve, Pilar
estaba en la puerta de su casa esperándolas con las dos valijas en las manos y
feliz. Muy feliz. Irradiaba emoción, contagiaba buen humor, y a pesar de
estar nerviosa, transmitía una paz tranquilizadora.
Sus amigas, en cambio, no sabían qué hacer: si agarrar las enormes valijas
o sostener de los brazos a Pilar porque parecía que iba a explotar y además,
nunca habían estado en un momento así. Sentían que las que iban a parir eran
ellas.
− Tranquilas, mujeres, estoy bien. ¡Muy bien!
Las tres sonrieron y fueron directo a la clínica. Al llegar, la revisó su
obstetra y haciéndole tacto, les informó que tenía nueve de dilatación.
¡Nueve! El trabajo de parto había sido excelente… bueno, casi.
− Pilar, tu bebito viene en camino. ¿Contenta, mami?

− ¡Muy contentaaaaaa! ¡Aaaaaaaaaaaaay! ¡Sacamelo yaaaaa!
¡Sacalooooooooo!.
A ese punto, con contracciones cada un minuto, no transmitía tanta paz.
− Tranquila, mami. Tranquila.
− ¡Tranquila las pelotas! ¡¿Vos tuviste un hijo?! ¿Tuviste
contracciones alguna vez? ¡¿Tenés idea la intensidad del dolor que
siento en mi vagina?!
Bueno, tal vez estaba un poco eufórica por la situación, había que
entenderla.
− No, no tuve.− respondió el médico.
Sonreía, acostumbrado a que las mujeres lo increpen de esa forma como si
él tuviera la culpa de que ellas se hayan embarazado. Sin embargo, la peor
parte se la llevaba el padre que en ese entonces estaba ausente, para su mayor
suerte. Y como los buenos amigos son los que se quedan aún cuando
perdemos la cabeza…
− ¡Doctor, haga algo!− gritó Catalina, desesperada.
− ¡Está sufriendo!− agregó Malena, muerta de miedo.
Lo que le faltaba.
− ¿El papá no va a venir?
Al segundo, se arrepintió por su pregunta.
− ¡¿Usted ve al padre de mi hijo en esta puta habitación?! ¡¿Lo ve?!
− No, mami, no lo veo.
− Entonces…− le apretó la mano y lo acercó a ella−: ellas son mis
mejores amigas y van a estar conmigo en la sala de parto, le importe o
no. ¿Queda claro?
− Clarísimo. Vayan a vestirse, chicas. No se habla más.
Minutos después, luego de un gran alboroto y gritos, Catalina se ubicó a la
derecha de Pilar y Malena a su izquierda, las tres estaban conectadas por sus
manos, soportando el dolor que les provocaba el apretón de Pilar.
− Bien, mami, a la cuenta de tres… uno, dos, tres.
− ¡Aaaaaaaaaaah!− gritó Pilar, haciendo el mayor esfuerzo posible
para traer su hijo al mundo.
Mientras tanto, Catalina y Malena también hacían fuerza y gemían,

tratando de pasarle a su amiga la energía que necesitaba. ¿Qué podían hacer
en un momento así?
Cuando la contracción pasó y estaba por empezar la siguiente, el médico le
volvió a pedir que haga fuerza otra vez.
− ¡Vamos, Pilar! Ahora.
− ¡Aaaaaaaaaah!− gritó al mismo tiempo en que ejercía fuerza y…
Fue en ese preciso instante en el cual Pilar comenzó a escuchar lo que
siempre estuvo esperando: el primer llanto de su hijo, convirtiéndola en la
mejor canción del mundo y en mamá. Malena empezó a ver, porque mirar a
su sobrinito de corazón cubierto de sangre y algo blanquito, le pareció lo más
hermoso de la vida. Y Catalina, dejó de esconder sus sentimientos y
emociones y expresó:
− Bienvenido al mundo de los mortales, pequeño Valentino.
A veces, solo a veces, hay que ver y escuchar los milagros de la vida y dar
respuestas con palabras. Porque para ser feliz hay que dejar de ser ciegas,
sordas y mudas.


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