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Como Descargar, Cicatrices abiertas – Susana Bielsa en PDF y Epub Gratis

Cicatrices abiertas – Susana Bielsa


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Información
  • Titulo: Cicatrices abiertas – Susana Bielsa
  • Genero: ,
  • Formato: PDF , Epub
  • Idioma: Español
  • Páginas: 98
  • Publicado: 2016
  • Autor:
  • Visitas: 6787
  • Descargas Gratis: 4590
Resumen del libro Cicatrices abiertas – Susana Bielsa

—¿Cuándo me vas a pedir que venga a vivir contigo?
Aparto la vista de la televisión y miro a Emily. Está seria.
Lo confieso, me ha pillado fuera de juego. Sé que es una excusa barata,
pero están emitiendo imágenes de “El tránsito de Venus”; por lo visto, el
planeta ha decidido pasar hoy por delante del sol y parece una peca que
adorna un rostro redondo y hermoso. La belleza del momento me ha dejado
sin palabras y no sé qué contestar a la mujer que permanece sentada a mi
lado.
—¿Perdona?
—Déjalo, ya veo que para ti no es importante.
Cierro los ojos y suspiro. Ya empezamos.
—Emily, cariño, estaba viendo…
—¡He dicho que lo dejes! Ya hablaremos de ello cuando no estés viendo
la televisión.
Agarro el mando, cabreado, y apago la puta pantalla.
—Ya no estoy viendo nada. Vamos a ver, ¿qué me decías?
Se cruza de brazos, como si la hubiera ofendido.
—Llevamos casi un año y todavía sigo viniendo a tu casa a escondidas.
Entreabro los labios. Bueno, estamos liados desde hace unos diez meses,
pero cuando hablamos de salir más en serio fue hace tres. Aparto ese
pensamiento y me centro en algo que ya hemos discutido.
—Emily… sabes que la prensa no me gusta, y desde que grabé para los
americanos no hacen más que perseguirme. Pero eso no significa que no
hayamos salido a cenar por ahí, o a pasarlo bien, ¿verdad?
—Yo quiero más.
Intento acariciarle una mejilla, pero me esquiva el gesto, dándome la

espalda. Parece mentira, con la de cremas que sé que se da para aparentar
tener menos de sus treinta y dos y, por dentro, sigue siendo una cría. Suspiro,
cansado de sus absurdas ralladas. Me levanto, voy hacia mi chaqueta y me
saco un cigarro.
Lo voy a necesitar.
—Vamos a ver, ¿qué te molesta exactamente?
—¡No te implicas, Matt!
—¿¡Que no qué!? —Respiro hondo, enciendo el pitillo y miro a Emily
desde el hueco que da a la cocina, apoyado en la pared, decidiendo cómo
encarar la situación—. ¿Quieres venir a pasar unos días y ver si estamos bien
juntos?
—¿¡Ves!? ¡A eso me refiero! Das por sentado que existe la posibilidad de
que no estemos bien.
Me dan ganas de darme de cabezazos contra la pared.
—Emily…
—¿Podrías dejar de tratarme como a una estúpida?
Endurezco el gesto.
—Deja de imaginar cosas y cuéntame qué quieres exactamente. Ya te he
preguntado si querías quedarte, ¿qué más quieres? ¿Me pongo de rodillas?
—No, lo único que quiero es que no lo digas como si me fueras a echar a
los dos días.
—Emily, de verdad, yo no lo he dicho en ese sentido, pero tienes que
tener en cuenta que estar un rato con una persona no significa que, a la hora
de convivir, todo vaya de maravilla. Créeme, lo sé.
—¿¡Podrías dejar de meter a tu ex en todas nuestras conversaciones!?
Emily se pone de pie, se lleva una mano a sus casi inexistentes caderas y
la otra a la cabeza. Se le empañan los ojos de repente y me da un vuelco el
corazón. Apago el cigarrillo en el cenicero y la abrazo.
—Perdóname, no pretendía… Yo solo…
—No lo pretendes, pero lo haces.
—Lo siento…
Nos quedamos en silencio hasta que, por fin, cede y me devuelve el
abrazo. Me da por suspirar; esbozo un amago de sonrisa que, en vez de
alegrarme, duele.
—Tengo muchas ideas, ¿sabes?
—¿Ideas?
—Sí, tonto, ideas. Para empezar, hacer una pequeña obra en el baño

principal. ¿Crees que podríamos poner un jacuzzi?
Parpadeo. ¿Jacuzzi?
—La verdad es que yo no…
—¡Y también podríamos hacer un pequeño gimnasio en casa!
Me echo a reír; me está tomando el pelo, vuelve a ser la Emily que me
presentaron Jonathan y Emma y que me hacía sentir cierto número de
mariposas en el estómago (mariposas que, tengo que admitir, se multiplicaron
la primera vez que terminamos en la cama). Quiero seguir con la broma y con
el buen rollo, así que le beso el pelo y la achucho un poco más.
—A ver, ¿dónde pondrías ese gimnasio?
—En cualquiera de las dos habitaciones que tienes libres.
Me mira con atención y una sonrisa sincera, esperando mi aprobación, y
me doy cuenta de la trampa en la que me he metido. No va de coña.
—Emily, esas dos habitaciones no están libres, son para mis hijos.
Se desprende de mi abrazo con un mal gesto y vuelve a darme la espalda.
—Tus hijos, ¡tus hijos! ¡¡Tus hijos ni siquiera han venido a visitarte!!
Están perfectamente con su madre, y tú tienes la oportunidad de empezar una
nueva vida. ¡Incluso de tener otros!
Un escalofrío me recorre toda la espalda. ¿Está loca o qué?
—No vuelvas a decir algo así jamás.


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