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Como Descargar, Chico de ojos azules – Joanne Harris en PDF y Epub Gratis

Chico de ojos azules – Joanne Harris


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Información
  • Titulo: Chico de ojos azules – Joanne Harris
  • Genero: ,
  • Formato: PDF , Epub
  • Idioma: Español
  • Páginas: 380
  • Publicado: 2011
  • Autor:
  • Visitas: 7699
  • Descargas Gratis: 2378
Resumen del libro Chico de ojos azules – Joanne Harris

Lo más importante era que allí era alguien. Allí era especial: un sujeto, un
caso. El doctor Peacock le escuchaba. Apuntaba sus reacciones frente a diversas
clases de estímulos y luego le preguntaba qué había sentido exactamente. A
menudo grababa sus respuestas con su pequeño dictáfono, refiriéndose a Ben
como Chico X para proteger su anonimato.
Chico x. Eso le gustaba. En cierto modo hacía que sonara importante, un
chico con poderes especiales…, con talento. En realidad, no es que fuera
particularmente talentoso. En la escuela era un alumno medio que nunca
destacaba demasiado. En cuanto a sus dones sensoriales, que era como los
llamaba el doctor Peacock—esos sonidos que se traducían en olores y colores—,
si pensaba detenidamente en ello era algo que siempre había creído que todo el
mundo experimentaba como lo hacía él, y aun cuando el doctor le aseguraba que

se trataba de una aberración, seguía pensando que él era normal y que los raros
eran los demás.
La palabra serenidad es gris [dice el doctor Peacock en su trabajo
titulado « El Chico x y la sinestesia adquirida a una edad temprana» ],
aunque sereno es azul marino, con un ligero sabor a anís. Los números no
tienen ningún color, pero los nombres de lugar y de personas a menudo
vienen muy cargados, a veces de una forma irrefrenable, a menudo con
colores y sabores. En algunos casos, hay una clara correlación entre esas
extraordinarias impresiones sensoriales y los acontecimientos que el
Chico x ha vivido, lo cual sugiere que esa clase de sinestesia puede ser
en parte el resultado de una asociación más que meramente congénita.
No obstante, aun en ese caso, se puede observar un número de
interesantes reacciones físicas ante esos estímulos, incluida la salivación
como una respuesta directa a la palabra «escarlata», que según el Chico
x huele a chocolate, así como una sensación de mareo asociada al color
rosa, que según el Chico x tiene un fuerte olor a gas.

Vale, podéis llamarme Brendan. ¿Estáis contentos ahora? Decidme, ¿creéis ahora
que me conocéis? Somos nosotros quien elegimos nuestro nombre y nuestra
identidad, de la misma manera que elegimos la vida que llevamos. Debo creer
eso, Albertine, porque la alternativa —que esas cosas están escritas cuando
nacemos, o incluso antes, in utero— resulta demasiado atroz como para
contemplarla.
En una ocasión, alguien me dijo que el setenta por ciento de los elogios
recibidos a lo largo de toda una vida llegan antes de los cinco años. A los cinco
años de edad, casi todo —engullir un bocado de comida, vestirse, dibujar algo—
puede ser objeto de los más generosos halagos. Evidentemente, llega un
momento en que eso se acaba. En mi caso fue cuando nació mi hermano
Benjamin, el que iba de azul.
Clair, tan aficionada a la cháchara psicológica, se refiere a veces a lo que ella
llama el efecto del halo invertido, esa tendencia que todos tenemos a asignar los
colores de la maldad en función de un único error, como, por ejemplo, haber
engullido a un hermano o llenar un cubo con criaturas marinas y dejarlas morir
bajo un sol abrasador. Cuando nació Ben, mi halo se invirtió, y a partir de ahí
chicodeojosazules fue despojado de todos sus antiguos privilegios.
Yo lo vi venir. A los tres años ya sabía que aquel bulto azul que mamá había
traído a casa no me causaría más que desgracias. Lo primero fue su decisión de
asignar colores a sus tres hijos. Me doy cuenta de que fue ahí donde empezó
todo, aunque puede que entonces ella no se diera cuenta. Sin embargo, así fue
como me convertí en Brendan Marrón —el invisible, el que no era ni carne ni
pescado—, eclipsado, por un lado, por Nigel Negro, y por el otro por Benjamin
Azul. A partir de ese momento, nadie reparaba en mí, a menos, claro está, que
hiciera algo malo, en cuy o caso no tardaba en aparecer el trozo de cable

eléctrico. Nadie creía que fuera lo bastante especial como para merecer su
atención.
Aun así, me las arreglé para cambiar todo eso. Reclamé mi halo…, al menos
a los ojos de mamá. Y en cuanto a ti, Albertine…, ¿o ahora debo llamarte
Bethan?, siempre viste más que el resto de la gente. Tú siempre me comprendiste
y nunca tuviste ni la más mínima duda de que yo también era excepcional, que
debajo de mi sensibilidad latía el corazón de un futuro asesino. Y aun así…
Todo el mundo sabe que no fue culpa mía. Yo nunca le puse una mano
encima. En realidad, ni siquiera estaba allí. Estaba espiando a Emily. En todas
esas ocasiones en que la espiaba y la seguía cuando entraba y salía de la
mansión, sentía el abrazo de bienvenida del doctor Peacock, volaba con ella en su
pequeño columpio, sentía la mano de su madre en la mía y la oía decir: Muy
bien, cariño…
Mi hermano nunca hizo ninguna de esas cosas. Puede que nunca tuviera la
necesidad de hacerlas. Ben estaba demasiado ocupado lamentando su suerte
como para interesarse por Emily. Era yo quien se preocupaba por ella, le sacaba
fotos desde el seto y compartía las sobras de su pequeña y extraña vida.
Quizás fuera la razón por la que la amaba en aquella época: porque le había
arrebatado la vida a Benjamin, de la misma forma que él me había arrebatado la
mía. El amor de mi madre, mi don, mi suerte: todo pasó a manos de Benjamin,
como si y o sólo lo hubiera tenido en fideicomiso hasta que llegara alguien mejor.
Ben, el chico de los ojos azules. El ladrón. ¿Y qué hizo con la gran suerte que
tenía? Pues la echó a perder, resentido porque apareció alguien mejor dotado que
él. Todo: su inteligencia, su plaza en el St. Oswald, su oportunidad de triunfar,
incluso el tiempo que pasó en la mansión, todo tirado por la borda porque
Benjamin no se conformó solamente con una ración del pastel, sino que quería la
pastelería entera. Bueno, eso es lo que le parecía a Brendan Marrón, a quien
únicamente le quedaban las migajas que podía robar del plato de su hermano…
Ahora, sin embargo, el pastel es para mí. El pastel y la pastelería. Como diría
Cap: Tú mandas, tío…


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