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Resumen del libro

―Yago, ya te dije ayer que no era necesario que me acompañaras al aeropuerto. Podía venir en
taxi, lo había planeado todo. No tenías que molestarte.
―Graciela no podía acercarte. Como comprenderás no voy a permitir que inicies tu viaje sin
despedirte una cara amiga. No me ha supuesto ningún trastorno el acompañarte. ¡De verdad!
Ella sonrió. Sabía que era cierto. Yago nunca habría consentido dejarla sola. ¡Era su mejor
amigo! A pesar de ello, no podía evitar sentirse contrariada por el retraso.
―Me escribirás un whatsapp cuando aterrices, ¿no? ―preguntó el hombre, con intención de
distraerla.
―Sabes que sí. Lo pondré al grupo, pero ten en cuenta que estoy en el extranjero, no voy a gastar
todo mi roaming en un día; os escribiré desde el hotel, con conexión wifi. ―Retiró de la frente un
rebelde mechón de cabello.
Tenía la vista fija en la carretera, con esperanza de divisar el desvío que conducía al aeropuerto
de Lavacolla.
―¡Mira! ―exclamó aliviada―, ¡ya estamos llegando!
Cinco minutos más tarde paraban junto a la puerta de salidas del aeropuerto. Él continuó al
volante mientras decía:
―Entra en tanto aparco el coche. Nos vemos dentro.

El coche esperaba en el garaje del hotel. Salieron a recorrer las calles de la ciudad más
representativas, comenzando por la afamada Via Veneto, cuna de la jet set romana e inspiración del
séptimo arte. Ella iba acurrucada en su hombro, el champagne le había provocado un delicioso
sopor y reposaba abrazada a él a la vez que curioseaba, con mirada perezosa, las diferentes calles
que atravesaban. Alfredo comentaba algunas de las curiosidades que, ningún turista que se precie,
debe dejar de conocer en su viaje a Roma.
―¿A qué hora sale tu avión?
Aquella pregunta tan directa le produjo un sobresalto. Era la primera vez que hablaban del viaje
de regreso.
―A las 13:30 h ―respondió de mala gana, escondiendo la cabeza entre sus brazos como tímido
pajarillo.
No dijo nada, la acarició con suavidad, fija la vista al frente. No volvieron a hablar del asunto.
Llevaban cerca de una hora en su recorrido por la ciudad, ninguno de ellos parecía interesado en
la visita turística, apenas hablaban, y él rara vez hacía algún comentario sobre un edificio, plaza o
determinado lugar importante. Continuaban abrazados y en silencio, como con miedo de perderse el
uno al otro, con la mente dispersa y alejada, cada uno acurrucado en el personal rincón de su mundo,
aunque estrechamente unidos en el real.



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